El amor en tiempos de Tinder

EVA BAROJA.- Viernes noche. Cena de chicas en el piso de una amiga en Puente de Vallecas. “Es súpernormal. Aquí en Madrid se lleva mucho”. Cojo la botella de Frizzante y lleno la copa. Creo que mi cara de perplejidad es tal que, ante mi silencio, Natalia me interpela al momento: “Chica, es que tu eres muy antigua”, argumento que inmediatamente es secundado por las demás.

Todas tienen Tinder, menos yo, que en un inexplicable arranque de rebeldía, me niego a usar una aplicación en la que las personas se convierten en productos de carne y hueso expuestos en un escaparate virtual. Tinder es el Zara online de las relaciones: bonito, barato y al alcance de un solo clic. Si no te gusta su físico arrastras a la izquierda y si te gusta, a la derecha. Así una y otra vez. Como cuando “añades al carrito” un par de pantalones en el Black Friday.

Según el psicólogo alemán Christoph Joseph Ahlers, “ligar a base de perfiles no deja de ser hacerse publicidad de uno mismo, pero esa publicidad puede ser engañosa”

Los defensores a ultranza de Tinder –entre ellos alguna de mis amigas– sostienen que esta aplicación es igual que una discoteca, pero mejor, porque no te tienes que mover de casa ni te gastas dinero en salir una noche para intentar ligar, la mayoría de las veces, sin éxito. La diferencia es que en cualquier garito tienes delante a una cara real, a un tipo que no se esconde detrás de un perfil de Internet y al que puedes conocer de una forma más o menos natural. Si te apetece. Según el psicólogo alemán Christoph Joseph Ahlers, “ligar a base de perfiles no deja de ser hacerse publicidad de uno mismo, pero esa publicidad puede ser engañosa”. No sería la primera vez que alguien tiene una cita a través de esta aplicación y cuando llega, se encuentra con una persona de 30 años más y que solo se parece a su foto de perfil en el blanco de los ojos.

Tinder no deja de ser un coach personal que infla nuestra autoestima a base de matches. El match es esa mágica conexión virtual que se produce entre dos desconocidos que estáis en el sofá de casa –en pijama y comiendo pizza– después de una larga jornada de trabajo. ¡Qué romántico! Es entonces cuando tienes vía libre para hablar con la persona de la foto de perfil. La interacción comienza con un escueto “hola”, al que le sigue otro “hola” con un emoticono y una extraña conversación que a los pocos minutos se hace banal, incómoda, artificial… Al no ser que se busque sexo directamente y sin cortapisas, que –¡ojo!– es igual de respetable.

Si éste es el único objetivo, puede que Tinder sea la mejor aplicación del mercado para conseguirlo. Pero no pretendas buscar detrás de la pantalla el flechazo, la química instantánea, las mariposas en el estómago, el amor de tu vida o a alguien con quien pasar la vejez cogidos de la mano en el porche. Seré una antigua, pero ellas saben igual que yo que el amor se encuentra de otra forma, incluso en tiempos de Tinder.

Eva Baroja es estudiante de Filología y Periodismo en la Universidad de Navarra

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